EL MISTERIO DE LA MUSICA

 EL MISTERIO DE LA MUSICA

En 1991 Alain Corneau dirigió Todas las mañanas del mundo, película que recordaba que la pasión por la música es, quizás, el fenómeno humano más difícil de entender racionalmente. La historia narraba la vida de Sainte-Colombe, un devoto jansenista obsesionado con el recuerdo de su mujer, que había muerto mientras él tocaba para un amigo agonizante que deseaba irse de este mundo con buen vino y buena música. Tras enviudar, Sainte-Colombe abandonó la pompa y se recluyó en su granja.

Allí, convertido en ermitaño, se dedica a descubrir los secretos de la viola de gamba. Cuando el rey manda a buscarle, despide al emisario diciendo: “Mi corte son los peces y los árboles”. Vive en la naturaleza porque siente que sus sonidos están llenos de armonía. Encuentra melodías en el sonido del viento, en la lluvia y en el llanto de su hija. Próximo a morir, revelará a su discípulo Marais el sentido que tiene, según él, su obsesión. Para él, la música es la voz de los que no la tienen, la voz con la que hablan los muertos y los que no han nacido, es la expresión de un misterio no sólo humano…

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En el terreno científico, los datos sobre extrañas capacidades en este campo son igual de intrigantes. La revista Nature publicó en el 2005 un estudio de la Universidad de Zurich sobre una mujer que podía convertir los intervalos de tono –diferencia entre dos registros de la escala musical– en colores distintos y saborearlos. Para esta catadora de sonidos, una sinfonía podía resultar “salada”, “agridulce”, “amarga”, e, incluso, “cremosa”. Se trataba de un caso de sinestesia, capacidad de asociar a un estímulo sensaciones que se suelen percibir con otros sentidos. Siempre que esta mujer escuchaba un intervalo musical específico, experimentaba automáticamente un determinado sabor en su lengua.

En el 2007, el neurólogo Oliver Sacks publicó Musicofilia: relatos de la música y el cerebro (Anagrama). La idea del libro, narrada en la película Despertares, estaba latente desde la época en la que había experimentado los efectos que tenía la música en pacientes con parkinson profundo. Entre los muchos casos que narra Sacks está la llamativa historia de una paciente que, sin motivo aparente, podía escuchar de repente a alguien cantando o tocando piezas de su infancia cerca de ella. Obviamente, la razón que la llevó a visitar al médico es que, cuando oía esas melodías, no había nadie cerca de ella interpretándolas. Sin embargo, su cerebro activaba las mismas áreas que usa una persona escuchando música. La paciente padecía un tipo de patología que afectaba a la corteza parieto-temporal, la zona encargada de procesar e interpretar la información del mundo que nos rodea. El libro de Sacks se refiere a la amusia, incapacidad para reconocer tonos o ritmos musicales y reproducirlos. Y también investigaciones que tratan de desvelar por qué hay individuos –como el neurólogo François Lhermite– que sólo son capaces de identificar una única melodía en el mundo –en su caso, La marsellesa– mientras algunos savants pueden aprenderse cientos de óperas completas.

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La dificultad para entender a nivel racional nuestra pasión por la música es tan profunda que su misma existencia en un misterio. Para el psicólogo evolutivo Steven Pinker todo lo relacionado con el ser humano permanece porque es adaptativo o lo ha sido en algún momento. La percepción, los celos, la guerra o la atracción sexual son ejemplos de ello. Pero ¿por qué nos emocionamos con la música? ¿Qué beneficios hay en dedicar tanto tiempo y energía a elaborar y escuchar esos ruidos breves y ligeros? ¿Qué sentido tiene sentirse triste escuchando una canción aunque, en realidad, no haya ocurrido nada en ese momento vital que nos provoque esa emoción? El disfrute de melodías y ritmos viene de antiguo. Ya en el periodo magdaleniense del paleolítico (hace más de 10.000 años) encontramos entre las pinturas de la cueva francesa de Trois-Frères la figura de un chamán danzando entre una manada de bisontes con un instrumento musical parecido a un arco. Sin embargo, es difícil saber el porqué de esta permanencia entre nosotros… ¿para unir al grupo social, coordinar la acción, intensificar los rituales, liberar tensiones?

En la obra de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces, Benedick, escuchando el sonido de una gaita, pregunta: “¿No resulta extraño que los intestinos de la oveja arrebaten las almas de los cuerpos de los hombres?”. Quizás la única respuesta al misterio de la utilidad adaptativa de la música, mal que les pese a los psicólogos evolucionistas, sea la que daba en Todas las mañanas del mundo Sainte-Colombe y repetía muchos años después Bob Dylan; según ellos, la respuesta está en el viento.

Pero los seres humanos somos curiosos y no nos conformamos. El libro Tu cerebro y la música: el estudio científico de una obsesión humana (RBA) de Daniel J. Levitin, analiza todo lo que una melodía nos puede causar a nivel neurológico. De momento, hay más preguntas que respuestas. Pero eso es lo que define las cuestiones más fascinantes de la mente humana: su capacidad para interrogarse.

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Palabras y melodías Shakespeare hizo decir a uno de sus personajes: “Donde acaban las palabras empieza la música”. Cuatro siglos después, esa relación sigue dividiendo a los científicos. Para Pinker la música es lenguaje aderezado para que “entre mejor” en el cerebro. No hay, según él, diferencias esenciales entre una forma y otra de trasmisión de la información. Otros difieren. Steven Mithen, catedrático de Arqueología de la Universidad de Reading (Inglaterra) y autor del libro Los neandertales cantaban rap (Crítica) piensa que el lenguaje tiene características diferenciales. Según él, es más posible que los dos fenómenos provengan de un sistema de comunicación común (musilengua) que se dividió en dos formas distintas de trasmitir información. Sus teorías se apoyan en algunas lenguas en las que se utilizan sonidos (como chasquidos con la lengua) que parecen situadas a medio camino entre los dos fenómenos.

Cuando hablaba acerca de las diferencias entre estos dos sistemas, el escritor anglo-americano W.H. Auden recordaba: “Un arte verbal como la poesía es reflexivo: desemboca en el pensamiento. La música es inmediata: sigue realizándose”. Sea cual fuere la solución a la convivencia de estos dos fenómenos, el misterio sobre la utilidad adaptativa de la música permanece. La primera hipótesis deja sin explicar por qué es tan importante, algo que, según esa teoría, sería simplemente un subproducto. La segunda, aunque intenta aventurar qué pudo crear la necesidad de dos sistemas no aclara por qué ha permanecido tanto tiempo este “segundo sistema” una vez perdida su utilidad.

‘Killing me softly with his song’¿Quizás, como sugieren ciertos antropólogos, el fin último de la música sea, sobre todo, erótico? La gran cantidad de composiciones de amor (se diría que el 90% de la música habla, de una u otra forma, de este tema) parecen apoyar esta hipótesis. El efecto sigue ahí. En el año 2009 la empresa Meetic Affinity publicó un estudio sobre sentidos afrodisiacos que mostraba ese impacto erótico. Para muchos, el oído era el sentido más importante. En cuanto a las preferencias, la música interpretada con piano era la más estimulante: el 60% de los europeos encuestados lo consideraba el instrumento más afrodisiaco. En cambio, a los holandeses les gusta más la guitarra eléctrica y a los ingleses y alemanes el saxofón. De nuevo la influencia de la música parece una mezcla entre lo cultural y lo biológico. Determinados sonidos relajan de forma natural y la prueba es que muchos seres vivos responden cerebralmente a un ritmo constante y se paran a escucharlo. Pero la asociación entre ese estado de serenidad y el erotismo parece responder más a cuestiones culturales. De hecho, es evidente que la música que prefieren de fondo algunas parejas para hacer el amor incitaría a otras a hacer la guerra.

¿Lavado de cerebro? La hipótesis de que la música sirve para grabar información en nuestro cerebro con más facilidad se basa en que el sistema se puede utilizar contra nuestra voluntad. James Vicary puso de moda el término “percepción subliminal” para hablar de esa posibilidad. En el caso de la música, este temor se plasmó en una idea fija que obsesiona a muchos: la difusión de mensajes satánicos.

A finales de los ochenta, por ejemplo, dos jóvenes, Ray (18 años) y James (20) decidieron hacer un pacto suicida y se dispararon el uno al otro hasta morir. La razón de su suicidio conjunto fue, según escribieron en sus respectivas despedidas, que escuchaban un mensaje subliminal en una canción del grupo Judas Priest. La orden que creían oír les decía “hazlo”. Ray y James lo hicieron y su familia decidió denunciar al grupo. A pesar de que el juez Jerry Carr Whitehead –que dictó la ejemplar resolución– absolvió al grupo y echó la culpa de lo ocurrido al poder de la sugestión, el juicio se convirtió en una evaluación del potencial negativo subliminal en el rock.

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Muchos asesinos han afirmado haberse visto impelidos a actuar por este tipo de mensajes. Quizás el primero fue Charles Manson, que llevó a su banda a cometer brutales asesinatos llamado, según él, por los mensajes que contenía el Disco blanco de Los Beatles. Después de él, muchos grupos de los que juegan con el satanismo a nivel estético han sido acusados de introducir mensajes subliminales que han provocado crímenes. La fiebre de la caza de mensajes subliminales ha llenado internet de supuestos hallazgos de este tipo y ha provocado que, incluso, una canción como Aserejé haya sido acusada seriamente de difundir este tipo de propaganda.

Sin embargo, los científicos no han encontrado datos que fomenten esta paranoia colectiva. Como nos recordaba Elisabeth F. Loftus, profesora de Psicología en la Universidad de California, Irvine en un artículo titulado “Is the unconscious smart or dumb?” (¿es el subsconciente inteligente o bobo?), los científicos saben que existen, en el ser humano, procesos inconscientes: automatismos, rutinas, hábitos… Pero no hay una sola prueba de que el procesamiento inconsciente pueda ir más allá de este tipo de automatismos. Es decir: ninguna investigación ha hallado jamás datos que hagan pensar que se puede influir inconscientemente en una persona para que beba un determinado refresco que no le gustaba porque se le ha metido una melodía en el cerebro. Y menos aún, desde luego, para que cambie de ideología o mate a alguien porque se lo hemos ordenado con una canción.

¿Por qué nos gusta lo que nos gusta? Hay pocas singularidades tan permanentes como los gustos musicales. A partir de los 30 años, la mayoría de las personas varían muy poco sus inclinaciones en este tema. El tipo de melodías y ritmos que nos conmueven parece estar fijado cuando llegamos a la madurez. Esta cuestión biográfica nos da una pista sobre las causas de nuestro paladar musical. Muchas de las piezas que nos emocionan están asociadas a momentos sentimentales. Y los primeros amores, momentos de rebeldía o instantes de diversión plena son los más viscerales. Nos gustan los estilos musicales y canciones que nos recuerdan esas épocas y es difícil que, después, otras melodías nos puedan llegar de la misma manera. Por eso la mayoría de las personas creemos que la “mejor música” es la de nuestra generación… es decir: la de la época en que éramos jóvenes. La melodías que “aprendemos” nunca nos llegan tanto como las que “llevamos dentro”.

Pero, evidentemente, esta no puede ser la única causa de nuestras elecciones. Si fuera así, todas las personas de una generación compartirían gustos. Hay, además, inclinaciones personales que la ciencia está intentando desentrañar. Este mismo año se ha publicado en el Journal of Personality and Social Psychology un estudio, dirigido por los psicólogos S.D. Gosling y P.J. Rentfrow de la Universidad de Texas, que trataba de relacionar factores de personalidad con preferencias musicales. Sus datos muestran que los aficionados al jazz y al blues suelen ser personas abiertas a nuevas experiencias, imaginativas y tolerantes. El hip-hop y el funky aglutinan a los más enérgicos y extrovertidos (y, como era de suponer, a aquellos que tienen una elevada autoestima). Los devoradores de heavy metal son curiosos, inteligentes y tendentes al liderazgo social. Evidentemente, no es tan sencillo. Las connotaciones sociales en cada época y lugar cambian estas tendencias. Es decir: los dos factores anteriores interactúan. Pero el simple hecho de empezar a definirlos y aislarlos es un paso hacia esa ciencia de los gustos musicales.

¿Cultura de jingles? El escritor Noël Coward hacía exclamar a uno de sus personajes teatrales: “¡Es extraordinario lo potente que es la mala música!”. Efectivamente, todos hemos podido comprobar que el impacto de las composiciones es independiente de la calidad que tengan para nosotros ¿Cuántas cantinelas machaconas están grabadas a fuego en nuestra memoria? Cualquiera de nosotros tiene ejemplos de estribillos que nos horripilaron desde la primera vez que los oímos, pero somos incapaces de olvidar.

De hecho, según los teóricos de la Memética (la ciencia que estudia cómo trasmitimos información cultural de entre individuos, generaciones o sociedades), esta capacidad de meterse en nuestra mente a pesar nuestro es, justamente, uno de los valores adaptativos de la música. Teóricos de esta materia como Richard Dawkins o Susan Blackmore afirman que la información cultural mejor adaptada es aquella que más se replica, al igual que ocurre con los genes. Y existen pocas fórmulas tan eficaces para que la información sea reproducida una y otra vez como ir envuelta en una melodía. Un ejemplo clásico es el Cumpleaños feliz, cantinela casi universal que, sin embargo, gusta a muy pocas personas. Nadie escucharía esa canción en un disco, pero todo el mundo la reproduce una y otra vez…
La moraleja de esta teoría no resulta muy agradable. Si esta función de la música permanece, en el futuro la usaríamos sobre todo con este fin: replicar información una y otra vez ¿Y qué tipo de datos serán los más trasmitidos? Evidentemente, los comerciales. Quizás el futuro de la composición musical esté en personajes como el cínico Charlie Harper de Dos hombres y medio, compositor de jingles para anuncios. De hecho, algo de eso está ocurriendo: muchos temas generan más ingresos hoy en día cuando se convierten en el sonsonete de fondo de reclamos publicitarios que como canciones en discos y conciertos.

Oído absoluto Una de las capacidades que más se están investigando para desentrañar el misterio del fenómeno musical es el oído absoluto. Las personas que lo poseen no necesitan utilizar ninguna referencia (habitualmente se suele utilizar la nota La) para reconocer estímulos auditivos aislados. Lo curioso de esta aptitud es que, a pesar de que es rara (una de cada 10.000 personas es el cálculo habitual), es mucho más frecuente en cierto tipo de personas. Por ejemplo, es más habitual en las sociedades con lenguas tonales, lo cual da una pista a los científicos acerca de las relaciones entre lenguaje y música. También es mucho más frecuente en los individuos con trastorno del espectro autista…

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Y, desde luego, esta más presente en los genios de la composición. Grandes de la música clásica (Bach, Mozart, Tchaikovski…) y moderna (Michael Jackson, por ejemplo) parecían disfrutar de esa capacidad. Aunque disfrutar no sea, realmente, el término adecuado. El oído absoluto puede ser molesto: el músico argentino Charly García se quejó hace tiempo: “Me encanta España porque todas las bocinas están afinadas en Mi y eso me gusta mucho porque puedo dormir. En Buenos Aires están afinadas en La y no puedo dormir porque me pone nervioso”.

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